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  Anécdotas y Testimonios de temas varios de Atahualpa
Contadas por vecinos memoriosos 
 


Vivencias de la Profesora SUSANA STILLO

    Como recuerdo del barrio en el que viví tantos años, desde mi niñez hasta que mis hijos fueron adultos, el barrio “Los Treinta y Tres”, quiero desgranar una serie de vivencias que partieron cuando tuve uso de razón con mis primeros recuerdos de niña, bastante pequeña, cuando aún vivían mis abuelos que fueron por largos años quinteros en esa época, y también poseían un tambo que proveía de leche a la gente de los alrededores.
    En los terrenos en los cuales fueron edificadas modestas casas, la mayoría de obreros,  viví yo rodeada al principio de pocos vecinos. Recuerdo que la primera pobladora de esos terrenos, fue doña Juanita Balbi. Estos terrenos fueron vendidos por el Banco Hipotecario, pero eran propiedad de Humberto Pittamiglio el famoso arquitecto, misterioso Rosacruz que se hizo famoso últimamente sobre todo por su castillo de la Rambla Wilson, y que para nosotros era como nombre familiar desde el momento que hay varias casas de nuestro entorno que fueron construidas en sus terrenos, algunas de ellas legadas a instituciones como San Francisco de Asís, justamente las que quedaban pegadas a mi casa, en Guardia Oriental 3128.
    También fue el constructor de dos edificios, uno que ocupa una farmacia importante y tradicional de la zona, la Farmacia San Isidro, en Millán y Américo Vespucio, y otra que es un pequeño edificio de apartamentos en el cual una torrecilla de la parte superior roja y blanca tiene las características de esa construcción intrincada de Pittamiglio, y lo mismo podemos decir de la que mencionamos recién, de la Farmacia San Isidro, que tiene reminiscencias de castillo.
    En cuanto al pasado, de esa zona que ya dijimos que no era demasiado densamente poblada al principio, les estoy hablando de 1930 al 35 por ejemplo, era de casas que algunas habían sido levantadas por sus propios compradores a plazos de los terrenos, y quedaban baldíos, por ejemplo nosotros junto a nuestra casa teníamos, uno al que llamábamos “el campo o el campito”, y al igual que hacen los muchachos ahora de ir a jugar a la pelota, al fútbol, nosotras, porque éramos algunas niñas, algún varón también, lo elegíamos como sitio de recreo en cuanto llegábamos de la escuela, nos cambiábamos de ropa, tomábamos la leche, a veces hacíamos los deberes y sobre todo en el verano cuando los días eran largos, como los de la terminación del verano, cuando empezaban las clases o el principio del otoño, o si no los sábados y domingos ese era nuestro solaz preferido, era un enorme baldío (enorme para nuestras edades), en el cual había terraplenes donde abundaban por ejemplo los tártagos, yo,  fue la primera vez en mi vida que entré en contacto con esos arbustos que se cubrían de color morado las hojas y se cubrían después de unos frutos, que nos habían contado que de ahí salía el aceite de ricino. Los terraplenes nos servían para correr, para escondernos, lo mismo que la vegetación que crecía en forma silvestre, y tenía un fondo, la parte de atrás del baldío en el cual algunos vecinos del barrio, entre los cuales se cuenta mi padre y algún familiar, usaban ese lugar los domingos para hacer un asadito, mi padre era obrero del frigorífico Swift, por lo tanto tenía un largo viaje diario hasta el Cerro y allí en ese campito hacía un asado que era muy agradable para la familia y a veces había algún familiar nuestro, una prima a la que quiero mucho que compartía esos almuerzos junto con sus padres.
    Demoró bastante urbanizarse la zona recuerdo ser preescolar cuando colocaron las obras sanitarias, los caños como decíamos nosotros, cuando se hicieron las veredas y también cuando ese querido campito se loteó y entonces se fueron construyendo otras casas, entre las cuales se destaca la de un constructor que compró,  yo creo que el lote casi entero,  y entonces allí edificó poco a poco su propia casa y otras casas de alquiler, fue con el tiempo un excelente vecino,  Pascale es su apellido de nacionalidad italiana. El barrio siempre fue tranquilo, de gente trabajadora, modesta, honesta, recuerdo también que durante la Guerra Civil española estábamos rodeados de republicanos y que por la calle Guardia Oriental uno de ellos, un matrimonio, tuvo un hijo cuya profesión fue médico,  fue el doctor Walter Rodríguez Estévez que por largo tiempo nos acompañó, primero como amigo y luego como nuestro médico de cabecera hasta que falleció hace unos años aunque era más joven que nosotros.     También otras familias de nacionalidad española, como la familia Andrade que también eran republicanos, luego por la calle Espinillo existía una familia de apellido Batista, italianos, que eran abiertamente demócratas  por lo tanto totalmente opuestos a Mussolini. Digo esto porque formaba un entramado social-político que se completaba por ejemplo, con una sola persona, excelente, de profesión sastre, era socialista, que para aquella época era algo totalmente extraño, el periódico de los socialistas lo repartía los domingos, estaba tomado repito como alguien extraño dentro de este grupo en el cual de política se hablaba poco, donde había gente de los dos partidos tradicionales, y luego había los peñarolenses o nacionalófilos de siempre, y también algunos partidarios de Wanderers y de Racing que éste último tenía en aquel entonces su cancha en lo que hoy es el edificio del Banco de Seguros en la calle Bulevar Artigas.
    De paso ya que estoy cerca recuerdo, que me lo pidieron especialmente,  como era el parque Munich. Donde ahora está el Colegio Pedro Poveda, se levantaba hermosamente el parque Munich que junto con el Palacio de la Cerveza en la calle Yatay eran dos baluartes de reuniones familiares. El que nos rodeaba a nosotros, al aire libre, de una arquitectura muy llamativa y cuidada, enrejado, pero un gran predio al aire libre, que tomaba desde lo que hoy es la calle Burgues, todo Bulevar Artigas hasta lo que hoy es Guardia Oriental, en aquel entonces no estaba abierta hasta el bulevar y luego la calle Espinillo que ya existía, de manera que era un gran predio que junto con el parque Munich tomaba también las instalaciones de la cervecería Oriental a quien pertenecía justamente ese parque de recreo que tradicionalmente reunía, durante las fiestas de Año Nuevo y de Fin de Año y después cualquier día lindo de primavera y de verano,  a las familias que les encantaba a muchísimas,  esperar el Año Nuevo y pasar por ejemplo Nochebuena en familia en lo que se llamaba “El Recreo”, ese parque Munich al que se accedía por un sendero que estaba bordeado por enormes cubos todos de mayólica importada donde predominaba el color verde, verde esmeralda, con unos arabescos bellísimos y en cada uno de ellos estaban plantados arbustos, también había árboles, casi todos medio exóticos, evidentemente especies traídas de Europa y todo rodeado de mesas metálicas de color verde, lo mismo que las sillas que me parecen que las estoy viendo. Y cercanamente a esas instalaciones había un predio cerrado con vidrios en el que se despachaba la cerveza rubia, generalmente, en los clásicos chops, me acuerdo de ver en grandes bandejas, rebosante la espuma de los chops que se servían en las diferentes mesas donde  era solamente obligatorio consumir la cerveza del lugar o malta o alguna otra de las bebidas que ellos vendían, pero preferentemente cerveza. Después se podía traer la comida pero el que no traía los alimentos preparados tenía toda una gama de comidas preparadas para comprar dentro del propio parque. Porque arrimados al fondo del parque había una serie de comercios, tipo rotisería actual que algunos vendían pizza y fainá, otros pollos al espiedo, otros fiambres, de manera que había una variedad para elegir. También había un precioso pabellón de la música en el cual muchas veces había una orquesta. Los que no iban, como nosotros por ejemplo que jamás fuimos a comer allí, mi madre era reacia a hacerlo, raramente,  las otras personas deliraban por pasar una noche así linda, al aire libre  y comiendo en familia, nosotros no lo hacíamos, pero en grupos de gente amiga paseábamos por alrededor. Había también una pérgola, que para mi trae recuerdos porque la persona con la cual luego me casé, la conocí justamente una noche, por excepción, ya siendo una señorita y ya recibida como maestra y como profesora fui con unas amigas a pasear por el parque Munich. También mi primera hija dio sus primeros pasos, cuando yo la llevaba de la mano por ese parque, hoy desaparecido y que nos trae tanta nostalgia.
    En otro recuerdo, podemos decir que las casas que actualmente tienen frente a Guardia Oriental tienen detrás un alto muro, bastante alto, que justamente corresponde a la primitiva estructura de ese parque Munich del cual estoy hablando, son sumamente altos esos paredones.
    Ahora en este momento es muy difícil recordar todo lo que había en aquella época. Por ejemplo, otra cosa, en los años, en la década del 30 y del 40, mucha gente no tenía  heladera e íbamos a adquirir hielo a la cervecería Oriental. Yo cuando estaba en sexto año de escuela tuve la suerte de que me regalaran una bicicleta, con una bolsita de lona y en bicicleta iba a buscar casi todos los días cinco kilos de hielo y entonces en un mueblecito que estaba forrado de cinc se colocaba el hielo que envuelto en diario duraba bastante, y allí se colocaban  para refrescar los alimentos. También cuando se acercaban las fiestas la gente de nuestro barrio pasaba con el barrilito de cerveza y la canillita correspondiente porque muchísimos tomaban el chop directo desde el barril que compraban.
    En nuestro barrio era muy común la quema de judas, no lo de que los chiquilines tan anticipadamente pidieran dinero, pero sí que nos avisáramos cada Nochebuena donde había un judas. Los vi en la actual calle Rodríguez Correa que antes se llamaba por muchos años Carignano,  los vi en mi propia calle Guardia Oriental en alguna de las esquinas y era motivo de reunión en esas medias noches.
    Otro recuerdo del barrio era que pasaba por ejemplo el vendedor de barquillos, con un gran recipiente, que ha sido descrito por algunos literatos nuestros, el barquillero, que era la novelería para nosotros porque su recipiente lleno de barquillos terminaba en una ruleta y entonces la tiraba, costaba determinada cantidad de dinero, muy poquito, y entonces a veces teníamos la suerte de sacar unos cuantos barquillos, ahí fue una forma de probar suerte. También pasaba un vendedor de fainá, que con un tacho anchísimo, se lo ponía encima de la cabeza y de una manera un poco confusa anunciaba su llegada. Y ahí nosotros salíamos, las veces que nuestros padres nos compraban algún trozo de ese fainá, algunos con pimienta y otros sin ella, y también pasaba el verdulero y paraba en las diferentes casas que le compraban, era la época todavía de algunos vendedores ambulantes. Bueno venía el lechero, casa por casa con los característicos casilleros de metal y las botellas que algunos conservamos.
    Fue desde el principio un barrio en el cual la población infantil se repartió entre la escuela Italia, llamada Italia que después se separó en escuela Rodó en la tarde, a la cual asistí yo y la gente de mi generación, esa era la escuela número 86, la de la mañana escuela 22 Italia. También se trasladó más cercanamente a nuestro barrio, porque antes estuvo por los alrededores de Millán y Larrañaga la escuela Bélgica. Algunos de los varones iban a la escuela Alemania que quedaba en Vilardebó y  San Martín. Todo el ciclo escolar la mayoría lo hicimos en la primera escuela mencionada, Italia de mañana, Rodó en la tarde que congregaba cientos y cientos de alumnos, ya que fue una zona que poco a poco sobre todo la parte que era cercana a la estación Reducto fue quedando despoblada.
    Hablo de la estación Reducto recordando a los tranvías. Los tranvías de varias líneas como la 41 y 49 que iban hacia Sayago y Colón; la línea 42 que pasaba por Asencio, cruzaba Asencio e iba hacia el lado de Agraciada; y después hacia el centro la línea 47 que nos llevó por tantos años a las cercanías del liceo Rodó, al número 1, al que concurrimos  que quedaba en Colonia y Convención, y nosotros nos bajábamos en la calle Paysandú y subíamos hasta Colonia, o si no otros iban al Dámaso, al liceo 3, también con ese mismo tranvía, y luego también existía la línea 46 que tomando en el centro por la calle Minas iba al Parque Rodó. Nosotros viajábamos mucho en tranvía, que era pintoresco, era alegre, lleno de algarabía de los que iban subiendo especialmente cuando fuimos estudiantes, tenían un motorman como le llamaban al conductor, tenía plataformas abiertas. Mencionamos a la estación Reducto porque era la estación del tranvía, el 47 que nos llevaba al centro, pasaba por la zona de barracas de la calle Rondeau, y hacía un recorrido que a nosotros nos acortaba el tiempo que demorábamos en ir al centro. Había otra línea también pero más lenta y había un tranvía que pasaba junto a la Estación Central y ese tranvía en cuanto dejaba el predio de la estación nos llenaba de novelería porque al costado, es como que los estuviera viendo, una serie de  casitas, digamos así, de gente que vivía en la calle, bichicomes les llamábamos nosotros, que tenían cada uno pintorescamente adornado el predio, colorido con unas especies de banderitas, siempre con un perro, pero a nosotros eso no nos hacía la idea de gente marginada, era algo más bien pintoresco, nunca se nos ocurrió que esa gente tuviera dificultades por ejemplo para alimentarse o para abrigarse. Y era una excepción. No era época de cantegril, de eso ni se hablaba, y la gente aunque humilde, vivía tranquila desde el punto de vista económico, casi todos dependían de un sueldo pero de empresas firmes que duraban toda la vida laboral de una persona que entraba en un lugar y se podía jubilar en él.
    Nuestro barrio tiene una nomenclatura sumamente irregular, en el sentido de que tuvo al principio el nombre de barrio “Los Treinta y Tres”, la reminiscencia que queda de ese nombre es nada más que la calle Andrés Cheveste, todas las demás tienen nombres heterogéneos. Bueno por ejemplo,  la Avenida Millán, ya saben cuál es el origen, Millán fue justamente el encargado de amanzanar la ciudad de Montevideo, pero luego tenemos derivados de lo indígena como Chuy, y luego otros nombres de triunfadores militares como Nelson y nos cabe la gloria que una de nuestras calles se llame Américo Vespucio que nada menos que nuestro continente tiene el mismo nombre. Luego tenemos la calle Espinillo, por una batalla durante las luchas de Artigas y sus aliados de las provincias unidas y luego la calle Guardia Oriental, el nombre de una guardia que peleó en la Batalla de Montecaseros en la Argentina contra Juan Manuel de Rosas. Burgues que es el nombre del primer poblador que aparece en la nomenclatura uruguaya cuando se hizo el padrón de los primeros pobladores de Montevideo. Bueno, también recordamos el Bulevar Artigas. Y después las otras calles tienen nombre de personalidades de diferente origen como Ramón Estomba, Herrero y Espinosa, la calle Carignano que designa un lugar de Italia y que fue sustituida por el nombre de Rodríguez Correa que en realidad su continuación es Lucas Obes que después de atravesar El Prado termina en la Avenida Agraciada.
    Nosotros nos sentimos siempre huérfanos de verdadero barrio, mis hijos cuando iban a la escuela decían que de Atahualpa verdaderamente no eran y del Reducto tampoco. Tuvimos la oportunidad de conocer la obra de un escritor muy florido, que se llama Guzmán Papini y que escribió sobre las huertas del Reducto y hay algunas que hacen alusión a lugares de nuestro barrio que nosotros no conocimos y que fueron aún anteriores a esas chacras, quintas y tambos que nombramos y que fueron la vivienda de nuestros abuelos.
    Bueno es de mencionar, y es de mucha importancia, que entre los vecinos que tenían quintas, hermosas, y no casitas modestas como las que nosotros nombramos procedentes de ese remate del que hablamos, encontramos la famosa Quinta de Staricco y sobre todo la Quinta de Pedro Margat. Pedro Margat, francés, paisajista descendiente de nada menos que de jardineros de Versalles. Su quinta estaba en Burgues y Luisa Luisi, y en esa quinta crió a sus hijos que siguieron su obra y recordemos que fue, según Barrios Pintos, cuando estudia los diferentes barrios de Montevideo, el introductor entre otras especies vegetales de las araucarias y de las camelias en nuestro país. La estación Margat en el departamento de San José lleva ese nombre recordando el verdadero vivero de gran extensión que tenía Margat y que sus hijos continuaron. Es sumamente interesante de este paisajista que contribuyó como Racine, por ejemplo, y otros franceses que fueron nada menos que los hacedores de gran parte de nuestro Prado y del Jardín Botánico. De modo que nuestro barrio tenía algunas personas diferentes en su situación económica y también en su oficio. Posteriormente vivieron entre nosotros, por relatos orales vivió dentro de Herrero y Espinosa, quizá en un período breve el poeta Líber Falco, y más tarde el primer musicólogo uruguayo Lauro Ayestarán.

Otros recuerdos de la Profesora SUSANA STILLO

    Quiero recordar algunos aspectos de nuestro barrio que no he mencionado anteriormente.  Uno de ellos es de las fábricas que existían que por largos años fueron una fuente de trabajo fundamental. También el de los carnavales del barrio y de la relación de amistad que contribuyó a unirnos en juegos durante la niñez y en entretenimientos propios de aquella época entre adolescentes y jóvenes, siempre con la presencia cercana de nuestros padres.
    Nos acordamos que existían desde muchísimos años, es decir casi desde que me conozco, yo nací en el año 1929,  la presencia de la fábrica de tejidos y de medias Slovak que tuvo un apogeo por larguísimo período y que dio entonces medios de vida importantes a un porcentaje grande de la población de nuestro barrio. A la fábrica Slovak asistían tanto hombres como mujeres y algunos obreros especializados obtenían sueldos sumamente ventajosos. Recuerdo especialmente el prestigio que en ese sentido tenían los tejedores. Por otra parte había también entre las jovencitas del barrio muchas que se empleaban adolescentes y que permanecían generalmente hasta su matrimonio trabajando allí, me  acuerdo por ejemplo de alguien cuya familia ya mencioné, la familia Batista, Rina que fue nuestra vecina y amiga de la calle Espinillo, los fondos de mi casa y la de ella se tocaban, que justamente era  lo que llamaban la capataza de la fábrica, que era muy apreciada, muy valorada por su  actitud frente a sus compañeros y  por su responsabilidad.
    Existía también una fábrica de tejidos llamada La Rioplatense, que dio trabajo a muchas jóvenes de nuestro entorno y recuerdo alguna de la familia Balbi, una especialmente que asistía como trabajadora a esa fábrica cuya madre fue la primera pobladora oficial de esos terrenos rematados que habían pertenecido como dijéramos a Humberto Pittamiglio, era doña Juanita que nos pidió amablemente que desgranáramos estos recuerdos.
    También había una fábrica de tejidos en la misma calle en que yo vivía, unas pocas casas por medio en ese predio que antes era nuestro campito, de tejidos sobre todo de nylon y otras fibras sintéticas que también tuvo su existencia por bastante tiempo, aunque fue muy posterior a las otras y que daba trabajo a gente del barrio y a otras que provenían de otros lugares. Su existencia fue un poco accidentada porque había momentos en el que el trabajo disminuía, ellos trabajaban mucho para exportar, y eso a veces se enlentecía. Pero también fue una fuente de trabajo importante. No menciono las otras fábricas que existieron en los alrededores del barrio, también eran importantes porque no había necesidad de desplazarse del lugar donde uno vivía.
    En la calle Espinillo existió una fábrica que posteriormente realizaba cargas para las llamadas biromes en un predio que antiguamente fue un taller mecánico de un señor Alfonso Galla que trabajó por bastantes años por ese lugar, donde existió hasta hace pocos una fábrica de bolsas de nylon.
Es decir entre la evolución barrial hubo también el de lugares que se transformaron y quiero mencionar como detalle pintoresco que hubo en la calle Guardia Oriental cerca de Luisa Luisi un predio cerrado grande, donde ahora existe una fábrica de transformadores para la electricidad, allí hubo un pequeño ensayo de shopping ya que cantidad de comerciantes cercanos del barrio establecieron ahí como un pequeño stand y yo recuerdo algunos de ellos, y la idea nos había entusiasmado porque nos parecía que caminando una cuadra y media o dos estábamos en un sitio donde podíamos comprar artículos de diferente tipo. Fue una idea simpática lástima que no tuvo una existencia prolongada. Recuerdo por ejemplo a un joven que no hacía mucho que había vuelto de España  y colocó  a su negocio el nombre de Vierzo De León. Vierzo es una región española que tiene algunos aspectos pintorescos entre los cuales tuve la oportunidad de saber que había nacido la tradición de las castañas ofrecidas a los pobladores en la plaza pública como detalle que anunciaba la llegada del invierno. Vierzo de León que era un buen herrero tenía aparte de los artículos de bazar materiales de hierro forjado. Bueno ese es el que más recuerdo pero había otros de alimentos y de otros rubros.
    También tenemos que nombrar algunos comercios que fueron evolucionando a través del tiempo. Cabe nombrar figuras entrañables como el zapatero Don Pedro que en un pequeño terrenito, en Espinillo y Guardia Oriental se había establecido como zapatero, lo que llamábamos zapatero remendón, era un excelente vecino de origen armenio, bajito, cetrino, con algunos consejos sabios, que fue mejorando su posición económica y pudo establecer un almacén que ahora sus hijos son los encargados de atenderlo, son excelentes personas, es la familia Torosian, que conserva  algunas características típicas de los almacenes de antes, como los cajones para los fideos y otros artículos que no están envasados, y también la balanza, a pesar de que se han modernizado y tienen otra más moderna. Es un pedacito del pasado.
    Frente a él,  en Guardia Oriental y Espinillo, existió también por largos años una tienda, la de Doña Berta que junto a su hijo Luis, eran dos personajes  también conocidos y queridos en el barrio, tenían su vivienda en la parte superior de la tienda y eran tanto los artículos que poseían que muchos de nosotros nos surtíamos allí de lo que necesitábamos, desde lo más sencillo hasta otros artículos que ellos ofrecían con alguna financiación, de entre casa porque por supuesto no existían las tarjetas ni otros créditos más sofisticados de ahora. Esa gente en determinado momento se trasladó a Israel, así que los perdimos de vista pero por mucho tiempo ocuparon un lugar importante en el comercio de nuestro barrio.
    Quiero decirles también que como antecesor del almacén de don Pedro Torosian existió otra tiendita de un señor de origen turco don Simón. Yo no recuerdo cuántos años estuvo en el barrio pero también su tiendita era más bien con artículos de mercería y acudíamos a ella para algunas necesidades, para las otras nos proveíamos en los comercios de la estación Reducto que para ese entonces era un verdadero pequeño centro comercial.
    También estuvo hasta hace poco el laboratorio Hoetch, en la esquina de Bulevar Artigas y Guardia Oriental que también dio trabajo y muy buenos sueldos a jóvenes de este lugar. Desgraciadamente se fueron perdiendo esas fuentes de trabajo que eran tan importantes. Unos hermosísimos cipreses calvos en hilera están ubicados en ese gran predio del laboratorio Hoetch sobre la calle Guardia Oriental.
También existe en esa reminiscencia de castillo que les contaba que pertenecía a Humberto Pittamiglio la Farmacia San Isidro que existió por larguísimos años, y sigue funcionando, sólo que con diferentes dueños y ahora en este momento muy modernizados. Son comercios tradicionales, por eso los nombramos.
    Y también recordamos que existía en el tiempo de mis abuelos, es decir cercano a los ochenta años de vida o quizás más, la Farmacia Nelson que actualmente está al lado de su lugar original en Millán y Asencio.
    Con diferente suerte, en la calle actualmente Rodríguez Correa, antes Carignano, y Guardia Oriental había un almacencito que cambió mucho de dueño, algún propietario era del propio barrio nuestro que también contribuían a proveernos, allí en nuestra zona,  de lo que necesitábamos. Más allá de que desde muchos años atrás, existía la feria tradicional en la calle Herrero y Espinosa a la que asistíamos semanalmente los vecinos. Este es el pequeño damero comercial  que recordamos.
    Y ahora vamos a referirnos también a que como institución existe desde muchísimos años la Cooperativa de propietarios de Taxis en la calle Burgues que le da un gran movimiento a ese lugar.
    Existe un residencial en una hermosa casa de Rodríguez Correa y Millán, una casa quinta que fue propiedad de la familia Mantero. Es una casa con mucho valor, siempre la veíamos sola, siempre cerrada, da a una plazuela, que con ternura recordamos que un día del niño creo que de 1990, se festejó allí, de una manera emocionante, ese día del niño entorno al 10 de agosto, los vecinos conseguimos árboles que nos regalaron en el jardín botánico para poblar esa placita, y los niños del barrio realizaron un mural en la pared que da a la misma, eso le dio otro entorno, otro aspecto junto con los juegos que la Intendencia Municipal proveyó, de modo que ese lugar adquirió otro color,  otra vida.
    Podemos mencionar la iglesia que reúne a los católicos de la zona y que fue testigo primero del bautismo y luego de la comunión de nuestros hijos, del casamiento de algunos de ellos, es la Iglesia llamada de Don Orione, que antiguamente estuvo en la calle Huidobro, se llama también Iglesia de la Asunción, con una muy moderna arquitectura que fue como revolucionaria en la época en que se construyó.
    Y ahora pasemos a los recuerdos de carnaval. Carnaval se festejaba en el barrio con la construcción de un tablado que existió por muchos años junto al bar Iberia, es decir en la calle Rodríguez  Correa y Nelson, propiedad por mucho tiempo de Emilio Ledo, de nacionalidad española. El tablado Iberia que nosotros veíamos  construir con tanques y maderas, se erigía al lado del bar y almacén, donde vendían unas galletas que a mí me gustaban mucho y unas anchoas que mi madre me mandaba comprar cuando preparaba pizza. El tablado tenía una concurrencia numerosa, los vecinos se llevaban sus sillas y se sentaban desde horas tempranas. Había un pizarrón que anunciaba lo que venía cada día. Había una comisión del tablado. Entre agrupación y agrupación habían algunos períodos largos en los que no había actividad en el tablado,  entonces me acuerdo que algunos chicos y niñas también que con desenvoltura  recitaban o lucían algunas de sus habilidades.
    Era la época de los disfraces. Mientras fuimos niños, mi madre por ejemplo, siempre se preocupó de que tuviera anualmente un disfraz, cuando era pequeña por supuesto, y había, me acuerdo, niños con unos disfraces de lo más pintorescos, de lo más lindos.  Existió otro tablado, quizá anterior a este, en la calle Estomba cuando desemboca en Millán. Ese tablado yo no recuerdo los años que permaneció, pero recuerdo haber asistido a él siendo bastante pequeña.
El corso complementaba  la actividad del carnaval que se realizaba por Burgues a partir de Bulevar Artigas, al cuál asistíamos ya más grandes. Había  cabezudos, los llamados carros alegóricos.  El señor Oscar Balbi, el esposo de doña Juanita, se dedicaba a pintar la cara de las murgas. Yo no les puedo decir el entusiasmo que teníamos nosotros cuando diariamente venían los murguistas, yo creo que alguno era de la murga, yo creo, de las Patos Cabreros, y  alguna otra, pero era una obra de arte, les puedo asegurar, que realizaba sobre cada cara, quedábamos extasiados mirándolos. Eso con los trajes pintorescos contribuía que aquellos murguistas fueran como figuras legendarias que después marchaban a los tablados en la marcha-camión como le llaman ahora.
    Carnaval tenía como diversión de los jóvenes, ya no las flores que dicen que eran proverbiales en los corsos de Colón, sino que acá era la época de los lanza perfume, los pomitos, de los que había que proteger los ojos con unos lentes primitivos con una especie de mica, y también hubo un año en el cual se usó jugar con unos bastoncitos que eran pequeñas batallas entre niños y niñas y jóvenes. Fue una moda que luego desapareció.
    Mucha gente también asistía a la tradicional Misa del Gallo, es decir a medianoche de Nochebuena adonde acostumbraban reunirse las familias en forma tradicional que culminaba con la reunión en Año Nuevo con una costumbre que muchos vecinos tenían, mi madre era adicta a esa costumbre, de tirar agua desde un balde hacia atrás cuando eran las doce justas de la noche, cuando empezaba el año nuevo. Era como una señal de buena suerte para el año siguiente y creo que esa agua tirada para atrás era como ahuyentar todo lo malo que pudiera haber pasado en ese año que terminaba.
Nuestros juegos eran lindísimos y nos reunían amistosamente. La vereda era toda una institución Teníamos una cantidad de juegos. A veces también invadíamos la calle. Jugábamos a las Esquinitas, al Patrón de la vereda, hacíamos rondas y otros juegos, la Rueda rueda, El Martín Pescador, una ronda que empezaba con “yo tengo una buena torre”, muchísimos juegos donde se ve bien el origen europeo, español que tienen, como una que comienza con “andelito, andelito de oro” y se forman dos grupos, una de una señora humilde con un rico que pretende a una de sus hijas. Eran juegos que nos distraían.     El juego de los colores,  también llamado Antón Pirulero, es todo desgranar una época en la que los niños se divertían sanamente entre ellos.
    Jugábamos también a la paleta. Mi padre nos había construido con madera, así en forma totalmente casera varios pares de paletas y teníamos una pelota de color negro que recuerdo que era la que nos acompañó por mucho años para poder jugar. Era en verano generalmente y ahí invadíamos la calle que en aquel entonces tenía poco tránsito.
    De manera que estar en la vereda para nosotros era una gran liberación y era nuestro mundo. En la cuadra mía no habían muchos niños pero nos reuníamos entre los que habían. Recuerdo también una niña de origen alemán, que era nuestra envidia, porque patinaba con unas botitas blancas.
    Cuando éramos mayores, conquistamos alrededor de los once años, cuando estábamos en sexto,  una bicicleta, yo me sentí tan afortunada que me la regalaran que para mí era como tener en este momento lo que llaman una cuatro por cuatro, eso me permitió con algunas amigas paseos por otros lugares, nos fuimos aventurando poco a poco y el que más recuerdo como más lejano del lugar, acompañados por el papá de esta amiga, fue llegar a lo que hoy es la Criolla del Paso de las Duranas, eso fue tan emocionante, una aventura. Y recorrer en bicicleta el barrio nos daba una sensación de libertad.

    La aparición de la radio, que en mi casa fue en la década del 40, marcó  el entretenimiento sobre todo de los radioteatros, que cada uno seguía alguno en su casa, no sólo el de Isolina Núñez, que nombra Ruben Olivera  tan bellamente en esa canción que se llama Interiores, sino algún otro también. Estábamos como enganchados con alguno de ellos, de repente mientras hacíamos los deberes, en una hora anterior a la cena, un ratito.  Ya había informativo, especialmente en la época de la guerra.


 
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